Aprendí (entre amores, silencios y caminos descalzos)

Aprendí que expresarse no es malo. Malo sería callar lo que merece ser dicho… o peor aún, ser juzgado por corazones que ya dictaron sentencia sin escuchar la defensa.
Aprendí que el diálogo es un puente… y que el monólogo es solo un eco que se responde a sí mismo sin ánimo de escuchar.
Aprendí que en la amistad, quien no es amigo tampoco es enemigo… quizás solo es alguien con quien no se ha encontrado la frecuencia correcta.
Aprendí que todos sabemos qué es la amistad, pero algunos… la sentimos como un arte noble, no como un contrato tácito.
Aprendí que no por ser mujer se tiene siempre la razón… pero que un caballero, con elegante ironía, muchas veces la concede no por rendirse, sino por respeto a la danza del amor.
Aprendí que en esa misma caballerosidad, se puede corregir con ternura y perdonar con sabiduría… porque ser un verdadero amigo es ser compasivo sin ser cómplice.
Aprendí que la libertad de ser, pensar y sentir debe vivirse en ambos sentidos: sin juicios… y sin miedo.
Aprendí que no todos los hombres somos iguales, y que ser distinto no debería ser confundido con ser débil, menos aún con ser menos hombre.
Aprendí que tener emociones no es una traición al género, sino una evolución del alma.
Aprendí que abrir el corazón no debilita, fortalece. Y que cerrarlo con candado… solo impide que entren la luz, la paz y el amor.
Aprendí que la confianza es una flor delicada… florece con cuidado y se marchita con sospecha.
Aprendí que el respeto no impone: propone. Y que la verdad no se grita, se comparte.
Aprendí que la cortesía es esa llave sutil que abre corazones, mientras que la descortesía los cierra sin despedida.
Aprendí que la calidez humana abriga sin quemar, y que la frialdad mata sin disparar.
Aprendí que ser directo con amor edifica, pero que la necedad disfrazada de franqueza, ofende más de lo que aclara.
Aprendí a gritar en silencio… y también a callar cuando el ruido ya no dice nada.
Aprendí a atesorar instantes como quien guarda luciérnagas en una botella… sabiendo que brillan más cuando se sueltan.
Aprendí que quien ama no hiere… y que quien hiere, aún no ha aprendido a amar.
Aprendí que no basta ser inteligente… si no se tiene humildad para acompañarla ni suelo bajo los pies.
Aprendí que en el amor, también se puede ser amigo… y en la amistad, amar sin posesión.
Aprendí que el perdón nutre el alma, el cariño siembra raíces, y que el amor… ese verdadero amor, florece donde hay respeto y acciones que lo respalden.
Aprendí que el rencor es la sombra de un amor mal curado, y que la soberbia es el antifaz del miedo.
Aprendí que ganar la razón a veces cuesta perder lo que realmente importa: el otro, el nosotros, el "quizás".
Aprendí que abrir el corazón fue lo correcto… aunque haya dolido.
Aprendí que caminar descalzo deja huella… y que si se hace con amor, el tiempo sabrá contarlo mejor que cualquier explicación.
Aprendí que cada quien, tarde o temprano, se enfrenta al espejo de su conciencia… y entonces sabrá si sus actos fueron justos, razonables… o simplemente egoístas.
Aprendí a irme sin rencores… porque cuando no se valora la presencia, las palabras sobran.
Y aprendí, por último… que aprender no es malo.
Sentir tampoco.
Ser honesto menos.
Porque al
final del día…
lo que uno siembra con el alma,
no necesita pedir permiso para florecer.
"El respeto abre puertas; el amor verdadero las cruza sin romper nada."
Como bien dice el comienzo de la canción "Little Bitty" de Alan Jackson:
"Ten un poco de amor en una pequeña luna de miel".
Se puede ser grande sin pisotear a los demás.
Se puede amar sin dejar de lado los pequeños gestos que nos hacen verdaderamente grandes.
Al final, de eso se trata la vida:
De vivirla y gozarla.
De sembrar y cosechar.
De amar… y sentirse amado.
